
Nocivas caricias de un ser maquiavélico dueño de todo dueño de nada, donde mi cuerpo es la sangre que calma tu sed perversa y lujuriosa, objeto del deseo que encarna mi alma desecha.
Aquiescencia de la entrega maltrecha que produce un ser con el otro, el roce de tu pecho contra el despojo de mi cuerpo, el hedor de tu aliento nauseabundo con miras a mis senos, solo tu deseo superpuesto a mi torso expuesto.
Quien crea que esta mezcolanza de odio debilita la figura etérea de un porte superficial y palpable, no hace más que caer en la dicha de ser uno de esos que piensa que el dolor es la fuente eterna del malestar humano.
La universalidad de mis achaques son experiencias de vida aprendizajes de muerte, que encaran tu cara enferma y angustian tu mirada sardónica, carente de verdades pero rica en entremeses banales que solo aumentan la sed de tu óbito.
Con el tierno sentir de sus manos saladas cura mi espalda herida por sentimientos de ira sana mis laceraciones pudientes en sangre pobres y verdaderas amantes del dolor de mi carne.Solo ella posee el poder de la calma, fruto de encuentros furtivos; cosecha de invierno donde lo único que retoña es el amargo deseo de un ser sin futuro, asechado por ella encuentras camino en tu umbral maldito bordeado de entrañas desbordadas en deseos de venganza.
Allí en la delgada línea entre tu rumbo y el mío, aguardare con calma el insólito derrumbe de tu esencia maléfica y el esperma discontinuo de tu muerte interna.
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